viernes, 17 de octubre de 2008

HONESTIDAD BRUTAL

Todos ocultamos algo. Ocultarse es lo que permite nuestra convivencia con los demás. Parece absurdo que en una sociedad que celebra la honestidad como un valor fundamental para la convivencia, exija por otro lado que nos abstengamos de ser demasiado sinceros, demasiado directos, pues en el fondo nadie quiere saber a ciencia cierta quienes somos y lo que pensamos. Lo importante es que funcionemos dentro de los protocolos y las coordenadas establecidas.
Pareciera que ocultarse garantiza una certeza. Entre más predecible sea nuestra manera de actuar, más seguridad transmitimos a los demás. Ser como esas malas películas donde todos conocemos el final, sin embargo llenan las salas de los cines el día de su estreno. Detrás de los peinados, de las palabras respetuosas y de los silencios, siempre se esconde alguien no necesariamente agradable que descubrió que para funcionar es necesario plegarse a un montón de requisitos preestablecidos.
Solo los locos, los niños y los borrachos dicen la verdad. Es cierto. La verdad ofende, la verdad hiere y la verdad es miserable. Está comprobado que la reivindicamos únicamente cuando nos vemos amenazados. Si optamos por decirla abiertamente y en todo momento, es muy fácil que se nos adscriba en una de las tres categorías mencionadas. Aunque es muy difícil pasar el “clavo” de haber dicho más de la cuenta mientras estamos bolos, la gente siempre perdonará nuestra intoxicación pues todos sabemos que el alcohol relaja la opresión latente de tener que fingir todo el tiempo.
Capas y capas de mentira nos recubren. Correcciones, modos y maneras de ocultar lo que pensamos o lo que somos. De pronto llega el momento de liberarnos de esa carga, dando como resultado cosas que sorprenden a todos.

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