viernes, 17 de octubre de 2008

ELEVADORES DE SÍSIFO

Empujar una enorme roca desde la cima de una montaña y luego echarla a rodar. Contemplar su caída. Volver de nuevo al inicio y subirla. El absurdo es la existencia misma -dice Albert Camus. Una existencia que debemos soportar, no porque la deseamos, mas bien, porque nos familiarizamos tanto a ella que le tememos más a la nostalgia que a la infelicidad.
Camus lanzó hace 66 años un brillante argumento para describir el absurdo de la condición humana: El mito de Sísifo. Sin que le calara muy profundamente la varicela existencialista y el marxismo ortodoxo de sus contemporáneos, fue un autor que escribió partiendo de sí mismo y no de los postulados teóricos ni de los caprichos de la academia. Un novelista directo y lúcido que –a pesar de ser herido con el adjetivo de “pesimista”- buscó sacudir las certezas de quienes lo leyeran. Su obra provoca de inmediato una reacción dentro de nosotros, una especie de vértigo y confusión ¿Será que en realidad somos felices viviendo una vida que no elegimos, respondiendo a una rutina que detestamos o soportando a personas que sólo pueden infringirnos culpa y dolor?
La semana pasada mencionaba en mi blog que mi primer encuentro con este escritor argelino -gracias a un buen maestro que tuve en la secundaria- fue con la lectura de uno de sus libros más conocidos: El Extranjero. Ahora, casi 20 años después, me decidí a releer su obra completa para descubrir cuál fue la razón que provocó mi asombro ante un narrador como Camus: despertó en mí a un inconforme.
Ser inconforme es simplemente defender nuestra decisión de sentir. Ser inconforme es negarnos a todo lo que consideramos estupidez, mediocridad y letargo. Ser inconforme es nadar muy lejos de las orillas que parecen seguras.

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