miércoles, 22 de octubre de 2008

EL SILENCIO DE LOS GATOS

Anochece sobre el Centro Histórico de la Ciudad de Guatemala. Sucede una extraña transformación y va desapareciendo su habitual tránsito de estudiantes, burócratas y amas de casa. Comienza la sincronía de las rocolas que dispensan el ruido a calles repletas de restaurantes chinos. Las patrullas pick up negras pasan lentamente por las esquinas. Toda la 5ta Avenida comienza a llenarse de cuerpos entallados en minifaldas sumamente ajustadas. Mucho más altas que las guatemaltecas promedio, se exhiben por los callejones que conocen y sobreviven cada noche. Pasan de las once y los hoteles tienen sus letreros encendidos.
Un grupo de oficinistas caminan por la calle, vienen muy bebidos y se ponen a orinar en plena vía pública. Uno de ellos se dirige a una rubia vestida con un diminuto traje de charol blanco. El resto de sus amigos comienza a reírse y le gritan “Tono no seas mula, es un hueco”. En ese instante él retira la mano que le puso en la cintura, discute con la rubia y descubre, por el tono de su voz, que la patoja es en realidad un patojo. Su rostro denuncia asco y le pega un fuerte empujón. Ella cae sentada en la banqueta. El travestí quiere levantarse, pero de inmediato llegan los demás oficinistas y comienzan a patearlo en el piso. Uno de ellos recoge una piedra, un pedazo de la acera, y se la estrella en la cara. El rostro de la rubia queda completamente ensangrentado. Una radiopatrulla asoma. Ellos salen corriendo.
Los policías se detienen frente al cuerpo del travestí que se queja muy bajito. Uno de ellos se baja del carro y le busca el rostro tomándolo del cabello. Mira a su compañero y ambos comienzan a reírse. Encienden la patrulla y siguen su recorrido sin darle importancia a lo sucedido.

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